Un mapa del olfato


El aliento siempre tiene dos movimientos, salvo en dos ocasiones de nuestra vida: el comienzo y el fin.
Al nacer, inhalamos por primera vez; al morir, exhalamos por última vez. Entre medio, a lo largo de toda la vida, cada acto de respiración hace pasar el aire por nuestros órganos olfativos. Cada día, respiramos unas veintitrés mil cuarenta veces y movemos doce metros cúbicos de aire. Tardamos unos cinco segundos en respirar -dos segundos para inhalar y tres para exhalar- y, en ese lapso, las moléculas de olor fluyen por nuestros sistemas. Al inhalar y exhalar, sentimos olores. Aún así, cuando tratamos de describir un olor, nos faltan las palabras.

Las palabras son pequeñas formas en el lujurioso caos del mundo. Pero son formas, enfocan el mundo, acotan ideas, enfilan pensamientos, pintan las acuarelas de la percepción.
La novela A sangre fría, de Truman Capote, es la crónica de la miseria de dos asesinos que cometieron juntos un crimen especialmente horrible. Un psicólogo criminalista, tratando de explicar el hecho, observó que ninguno de ellos habría sido capaz de realizar el crimen por sí sólo, pero juntos formaban una tercera persona, alguien que sí era capaz de matar. Pienso en las metáforas como un caso más benigno pero igualmente poderoso de lo que los químicos llaman “hypergolic”. Se pueden tomar dos sustancias, reunirlas, y producir algo poderosamente diferente (sal de mesa), a veces hasta explosivo (nitroglicerina). El encanto del lenguaje reside en que, aún siendo algo hecho por el hombre, en algunas raras ocasiones puede capturar emociones y sensaciones que no existen. Pero los lazos fisiológicos entre el olfato y los centros del lenguaje en el cerebro son patéticamente débiles. No sucede lo mismo con los lazos entre el olfato y el centro de la memoria, un camino que puede llevarnos muy lejos en el tiempo y la distancia. O los lazos entre nuestros otros sentidos y el lenguaje. Cuando vemos algo, podemos describirlo con minucioso detalle, en una cascada de imágenes. Podemos arrastrarnos por su superficie como una hormiga, trazando el mapa de cada rasgo, sintiendo cada textura, y describiéndola con adjetivos visuales como roja, azul, brillante, grande, etcétera. Pero ¿quién puede describir un olor?
Cuando utilizamos palabras como ahumado, sulfuroso, floral, frutal, dulce, estamos describiendo olores en términos de otras cosas (el humo, el azufre, las flores, las frutas, el azúcar). Los olores pueden ser nuestros amigos más queridos, pero no podemos recordar sus nombres. En lugar de eso, tendemos a describir cómo nos hacen sentir. Y así calificamos los olores de “inmundo”, “asfixiante”, “nauseabundo”, “agradable”, “delicioso”, “hipnótico” ó “excitante”.

Mi madre me contó una vez un paseo que dio con mi padre por los naranjales de Indian River, en Florida, cuando los árboles estaban llenos de flores, y el aire, cargado de perfume.
Mi madre se sintió abrumada de placer.
“¿A qué olía?”, le pregunté.
“Oh, era algo delicioso, un olor que te embriagaba”.
“Si, pero ¿a qué olía ese olor?”, volví a preguntar.
“¿A naranja?”
En ese caso, yo habría podido comprarle a mi madre un frasco de agua de colonia, hecha de neroli (aceite de naranjas), bergamota (extracto de cáscaras de ese fruto) y otros ingredientes.
Ese perfume fué creado en el siglo en el siglo XVIII, y era el favorito de Madame du Barry. (Aunque es probable que el uso del neroli como perfume se remonte a la época de las Sabinas).
“Oh, no”, me respondió con seguridad, “no tiene nada que ver con las naranjas. Es un olor delicioso. Es un olor maravilloso”.
“Descríbelo”, le rogué.
Ella se limitó a levantar las manos en un gesto de desesperación ante mi testarudez.

Pruebe usted.
Describa el olor de su amante, de su hijo, de su padre.
O simplemente trate de describir uno de esos estereotipos aromáticos que la mayoría puede reconocer con los ojos vendados, sólo por el olor: una zapatería, una panadería, una iglesia, una carnicería, una librería.
¿Pero acaso puede describir el olor de su sillón favorito de su sótano o de su coche?
En su libro El lugar de las flores donde queda el polen, el novelista Paul West dice que “la sangre huele como el polvo”. Una buena metáfora, cuya eficacia estriba en que es indirecta, como lo son siempre las metáforas de los olores.
Tratándose de los mapas del olfato, necesitamos cartógrafos sensuales que inventen nuevas palabras, cada una tan precisa como un mojón o un poste de dirección. Debería haber una palabra para designar el olor que tiene la cabeza de un bebé, que huele a talco y frescura, incontaminado por la vida y la dieta.
Si todos los matices de un color tienen su nombre (pensemos en los lavandas, malvas, fucsias, ciruelas, lilas), ¿quién dará nombre a todos los tonos y matices de un olor?
Es como si nos hubieran hipnotizado en masa y nos hubieran inducido a un olvido selectivo. También puede que, en parte, los olores nos conmuevan tan profundamente precisamente porque no podemos pronunciar sus nombres. En un mundo en el que reina la palabra, y hasta las maravillas más extrañas se nos ofrecen para una inmediata disección verbal, los olores suelen estar en la punta de la lengua, pero no más allá, y eso les da una suerte de distancia mágica, un misterio, un poder sin nombre, un aura sagrada.”

-Diane Ackerman , “Una Historia natural de los Sentidos”.

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